Los nombres
El monene y la churrina.
Shakira le decía que era un error convertido en acierto.
El tiempo estaba loco, la vida era confusa y pasaba deprisa.
Y quedaban grabadas palabras extrañas pronunciadas en botellones como los de antes.
El monene y la churrina.
Shakira le decía que era un error convertido en acierto.
El tiempo estaba loco, la vida era confusa y pasaba deprisa.
Y quedaban grabadas palabras extrañas pronunciadas en botellones como los de antes.
La teoría de las horas impares (3 mejor que 4) había funcionado. O tal vez esas copas no eran garrafón. El caso es que había salido airoso aquella jornada con luz del día una vez más. Y ahora otra extraña y muy diferente luz de atardecer se reflejaba sobre esa particular piedra y era la frontera que conducía de nuevo a un territorio ilusionante y peligroso.
La luna encogía estos días, tal vez avergonzada por el eclipse que la había desnudado poco tiempo atrás descubriendo que también ella es una mujer fatal.
La noticia de la muerte de Kapuscinski renovó su propósito de volver a leer algún día "Ébano", porque si no lo hacía su frágil memoria acabaría por enterrar verdades como que en algunos lugares de África lo más importante en la vida cotidiana es encontrar una buena sombra.
Pasó a su lado al doblar una esquina. Así, apenas le dio tiempo a verla y cuando habían pasado unos segundos se dijo "tiene que ser ella", y se dio la vuelta, pero ella ya estaba a unos 10 metros. Y no era cuestión de gritar su nombre a esa distancia.
O no. Tal vez se dio cuenta de que era ella justo en el instante en el que la vio... Y triunfó la cobardía.
Tanto tiempo sin verla y le daba la espalda ya a 15 metros, y subiendo.
Por unos segundos volvió a oír aquella voz, pasaron por su cabeza aquellas imágenes de un pasado cada vez más lejano y escuchó de nuevo todas aquellas canciones. Todo en un instante.
Pero ella se alejaba definitivamente: 20 metros.
(Y en aquel momento no sabía que tardaría en volver a verla 20 años. Suficiente para pensar si separa más el tiempo o la distancia)



Ahora lo veía cada día, en todas partes. Durante años apenas se acordó de él.
Ahora reflexiona a menudo sobre la casualidad que le impidió coger el móvil el día que le iban a avisar de que había muerto. Ni siquiera acudió a su entierro, porque no lo sabía.
Pero ahora aquel viejo eran todos los viejos. Todos iban con su boina y su bastón, con sus mismos andares. Y se acordaba a menudo de aquel hombre que había pasado por su vida casi sin dejar huella y de aquel móvil que se estropeó una tarde de forma (in)oportuna.
Como decía a menudo Pérez-Reverte, cada uno tiene sus propios fantasmas.
Aquel día salió del cine pensando en las otras vidas: la de una sordomuda japonesa, la de un pastor marroquí, la de una niñera mexicana.
Y pensó en las vidas que él mismo estaba viviendo, además de la suya: la de Julio César entrando en Roma, la de Íñigo Balboa asaltando una saetía inglesa, la de John Locke en una isla. Había vidas reales, vidas verosímiles y vidas inventadas.
Y pensó que todas las vidas estaban relacionadas.
Y pensó en la vida recién acabada de un inmigrante ecuatoriano víctima de un atentado terrorista.
Y pensó que casi todas las vidas eran más emocionantes pero más peligrosas que la suya.
Su estampa se perdió en la espesa niebla. Este año sólo había visto la luz del sol en la pantalla del cine.
