30/04/2007

El vacío

Tiempo atrás decidió cerrar el libro de las horas muertas, como dice la canción.

Ahora, ese horror vacui de su agenda mental.

El trabajo, los amigos, alguna mujer, la familia, las tareas domésticas, los vicios y las aficiones le robaban el derecho a no hacer nada. Obligaciones en mayor o menor medida autoimpuestas.

Pero hay derechos a los que bien se puede renunciar. Qué pesadilla acabar como ese gitano viejo que estaba todos los días en la misma calle, a toda horas, solo o acompañado, quieto o paseando, pero siempre mirando la vida pasar.

El no tener nada que hacer podría ser un placer que para él con rapidez se convertía en infierno.

Posted by Caballero at 21:11:34 | Permanent Link | Comments (0) |

11/04/2007

Las calles

Cuando el atardecer le pillaba fuera de casa, con ese azul oscuro casi negro en el cielo, y las luces iluminaban las antiguas piedras del centro de la ciudad, las calles ejercían una atracción irresistible sobre él.

Los bares a medio llenar, las tapas de cena, la cerveza que comenzaba a aclarar ciertas ideas.

Y esas ganas de fundirse con la ciudad.

No importaba el día, porque él sabía que todos los momentos son irrepetibles y que todas las situaciones son ahora o nunca. 

Posted by Caballero at 23:02:29 | Permanent Link | Comments (0) |

09/04/2007

La lluvia

Por alguna razón, en las noches de lluvia él intuía que la luna iba a faltar a la cita diaria que mantenían en el lugar de costumbre. La muy puta.

Pero siempre tenía la esperanza de que asomara por algún hueco entre las nubes. Y así se obrara el milagro de verla sin estrellas. Sin miradas, ni cómplices ni inquisidoras. 

Las miradas se agudizan en la noche. Y la lluvia es grandiosa cuando es diurna, porque convierte el día en noche. Y es cruel cuando es nocturna, porque hagas lo que hagas siempre se moja en tu contra. 

Posted by Caballero at 23:59:25 | Permanent Link | Comments (0) |

03/04/2007

La procesión

 

 

Todas aquellas noches, desde que él tenía memoria, había hecho frío. O lo había sentido.

Los encapuchados desfilaban en medio de la oscuridad con sus teas encendidas. Y el silencio que les acompañaba sólo se rompía con esos cánticos graves que atravesaban los siglos para resucitar un mensaje escrito en una lengua muerta. 

Sólo los flashazos de las cámaras digitales le devolvían a la realidad y al siglo al que pertenecía.

-Deberías volver a escribir-le aconsejaron.

Pero una noche más prefirió malgastar su tiempo en más bares que los de costumbre y rodeado por más gente que la habitual. Al menos, reflexionó sobre lo que había visto un año más: el sabor profundo de la belleza y el vacío terrible de las cosas que no tienen mucho sentido. 

Posted by Caballero at 23:27:52 | Permanent Link | Comments (0) |