La sangre
Las razones por las que uno sangra por la nariz caminando por la calle al amanecer pueden ser muy variadas. Pero ninguno de los madrugadores que le escrutaban al pasar pensaban en la más inocente. Como tampoco pensarían en otros pecados que no tenía cara de haber cometido aquella noche.
Caminaba como llegado de otro mundo y aquellos madrugadores, recogiendo las cacas de sus perros a las 8 de la mañana de un domingo, tenían la virtud de no hacerle parecer absurdo.
En algún lugar cercano pero cada vez más lejano un equipo de fútbol comenzaría a jugarse la gloria aquel domingo. Pero a él, las madrugadas como aquella le habían enseñado que no existían ni el éxito ni el fracaso.
