Los paraguas
Todas aquellas muchachas corrían bajo sus paraguas.
"Cuando voy por la calle nunca miro hacia arriba, no sé ni cómo son los edificios", le había comentado alguien. Y en aquel momento, empapado bajo su capucha, miró hacia a lo alto y añadió un nuevo argumento a la lista de razones por las cuales los paraguas nunca le habían gustado.
Estaba calado, pero no tenía prisa, porque casi se podría decir que no iba a ninguna parte. Disfrutaba de la noche prematura y de los pasos lentos que no podía permitirse por el día.
Bajo la lluvia la vida se resumía en unas letras de Marea, porque él también se parecía a los caracoles, pensó, y a veces molesta el caparazón.
Y al pasar por la Plaza se identificó aún más con esa ciudad: a pesar del diluvio las terrazas seguían puestas y los carteles electorales ya eran papel mojado.

