La madrugada
En la soledad de la madrugada hacía un frío impropio para la primavera avanzada.
En la soledad del silencio resonaban sus pasos sobre una alfombra de piedra eternamente mojada. Pasos como latidos de un corazón.
Pero en esa soledad se rompe también el silencio porque se escuchan pájaros de existencia insospechada a cualquier otra hora, bichos que ya no viven en el ayer, sino en el mañana. Bichos, los muy cabrones, aunque pájaros, que le acusan de volver de donde no debería.
Por momentos piensa que sería más fácil ser cualquiera de los otros borrachos, agarrados en grupo por la Gran Vía, haciendo apología de la verdadera amistad. Que es cualquiera.
Él había sido (sobre todo había sido, pero seguía siendo en potencia) cualquiera de ellos. Sin embargo, hay madrugadas diferentes que hacen sentir la soledad, madrugadas frías, amaneceres delatores, fríos que quiebran gargantas.
Y la certeza de que mañana sería un mal día.
