La dueña
Doña Emilia le sirvió lo de siempre y le invitó a otro tanto, como de costumbre. Ella nunca dejaba de hablar bajo el axioma irrefutable de que todos los tiempos pasados fueron mejores. Era una de esas noches húmedas en las que la luna se esconde, no existen las aglomeraciones ni las prisas y apetece disfrutar de la soledad.
