Los fantasmas
Ahora lo veía cada día, en todas partes. Durante años apenas se acordó de él.
Ahora reflexiona a menudo sobre la casualidad que le impidió coger el móvil el día que le iban a avisar de que había muerto. Ni siquiera acudió a su entierro, porque no lo sabía.
Pero ahora aquel viejo eran todos los viejos. Todos iban con su boina y su bastón, con sus mismos andares. Y se acordaba a menudo de aquel hombre que había pasado por su vida casi sin dejar huella y de aquel móvil que se estropeó una tarde de forma (in)oportuna.
Como decía a menudo Pérez-Reverte, cada uno tiene sus propios fantasmas.

